Son muchos los camino equivocado que el mundo de hoy le ofrece al hombre, Pero el Señor nos ha asegurado: “Yo te haré saber y te enseñaré el camino que debes seguir; seré tu consejero y estarán mis ojos sobre ti” (Salmo 32, 8).
Por tanto la manera de Dios hacernos entender y descubrí su voluntad es mediante la acción del Espíritu Santo que habita en todo bautizado, y que gracias a la fuerza de ese Espíritu el padre y el hijo vienen también a morar en nuestra vidas.
El Espíritu Santo, mediante el don de consejo, perfecciona los actos de la virtud de la prudencia, que se refiere a los medios que se deben emplear en cada situación. Con mucha frecuencia debemos tomar decisiones; en todas ellas, de alguna manera, tenemos comprometida nuestra santidad. Dios concede el don de consejo a las almas dóciles a la acción del Espíritu Santo, para decidir con rectitud y rapidez. Es como un instinto divino para acertar el camino que más conviene a la gloria de Dios. De esta luz que ilumina nuestro ser surge la necesidad de ser cada día mejor
El don de consejo es particularmente necesario a quienes tienen la misión de orientar y guiar a otras almas. Debemos recibir con alegría y agradecimiento los consejos de aquellos que mediante la gracia del Espíritu Santo nos ayudan a descubrir la voluntad Divina. El mayor obstáculo para que el don de consejo arraigue en nuestra alma, es el apegamiento al propio juicio, el no saber ceder, la falta de humildad y la precipitación en el obrar, en cambio facilitaremos su acción si nos acostumbramos a llevar a la oración las decisiones más importantes de nuestra vida y si somos sinceros con las personas que Dios ha puesto en nuestro camino para acompañarnos.
El perfil que debe identificar a un cristiano con el don de consejo debe ser:
Un hombre sabio no para saber muchas cosas sino para que en él se perfeccione el amor a Dios y la caridad para con el prójimo, con el fin de que en su vida refleje la imagen de Dios que recibe en el bautismo.
No ajeno a esto debe estar en su mente y en su corazón la oración como una manera de abrirse y de esperar la acción de Dios en todos los aspectos diarios de nuestra vida.
De igual manera debe ser un hombre prudente, con capacidad de dejarse iluminar por la gracia de Dios, sólo a partir del conocimiento de la verdad sobre el bien se puede elegir la acción prudente, y sólo la conducta prudente hace libre a la persona: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32).